Foco Internacional del Festival

(INTERNATIONAL SPOTLIGHT)

LEOPOLDO TORRE NILSSON (Buenos Aires, 1924-1978)

Un hombre afectado por una miopía severa, siempre temeroso de quedarse ciego, fue quien le dio al cine argentino la posibilidad de hacerse ver más allá de sus propias fronteras. Tamaña paradoja es el símbolo de una vida y una obra marcadas por las contradicciones: la de Leopoldo Torre Nilsson, el cineasta al que la crítica internacional comparó con Luis Buñuel, Ingmar Bergman, Robert Bresson y Orson Welles. El que en los años ’50 desvió al cine nacional de la senda del puro entretenimiento para sumergirlo en las profundidades de la denuncia social, en la psicología de una sociedad pacata donde el sexo era objeto de una doble moral. El que puso la lente en la llaga de la burguesía decadente. El que tomó riesgos estéticos y  se convirtió en referente de la “Generación del ‘60”, integrada por realizadores como Manuel Antín, José Martínez Suárez, Rodolfo Kuhn, David José Kohn, entre otros. El que llevó las plumas de mayor prestigio a la pantalla grande. El que formó con su amada Beatriz Guido una dupla creativa legendaria, inmune a todas las tormentas durante 27 años, hasta el fin de sus días. El que despertó en el impar Leonardo Favio la pasión por el cine y lo trató como a un hijo postizo. El que luchó sin desmayo contra la censura.

Hijo del realizador Leopoldo Torres Ríos, y padre de los cineastas Javier y Pablo Torre, el gran Leopoldo, al que apodaban Babsy, aprendió el oficio de la mano de su padre. Así, abandonó sus sueños infantiles de deslumbrar a las multitudes en los estadios de fútbol como win izquierdo para encandilarlas en la penumbra de una sala de cine.

Corpulento, alto, imponente, detrás de sus anteojos, gruesos y oscuros, enfocaba la vida con la desmesura de los apasionados. No conoció el término medio; prefirió bambolearse en los extremos y frecuentar el riesgo de las paradojas:

Vivió sólo 54 años, pero filmó 30 largometrajes.

Con la crítica y el público tuvo una relación ambivalente: ambos le dieron la derecha y la espalda alternativamente. Gracias a Torre Nilsson y para regocijo de los intelectuales, los grandes escritores ingresaron al cine. Por caso, Adolfo Bioy Casares (junto a su padre, Babsy co-dirigió El crimen de Oribe, basado en El perjurio de la nieve); Jorge Luis Borges (de su cuento Emma Zunz, surgió Días de odio): Roberto Arlt (el film Los siete locos se basó en el libro homónimo y en su secuela, Los lanzallamas); Manuel Puig (Boquitas Pintadas es la adaptación cinematográfica de la novela homónima).

Para beneplácito de la crítica y beneficio del cine argentino, en La casa del ángel premiada en el Festival de Cannes_, inició junto a Beatriz Guido la fértil dupla autoral. Valoradas como piedras preciosas de la filmografía en común, La casa del ángel, La caída, La mano en la trampa, les permitieron a Bapsy y a Beatriz abordar con sentido crítico el lado oscuro de las apariencias: la represión sexual, los tabúes religiosos, la hipocresía política, la súbita explosión de la libido en esas jovencitas criadas entre las rejas de la pacatería, lo siniestro anidado en la aparente calma familiar.

El cine de Torre Nilsson fue revolucionario en los conceptos y en las formas. Sus imágenes destilaban intriga y sugerían un erotismo que no llegaba a explicitarse nunca. Se valía de todos los recursos de la técnica para que de los cuerpos emergiera el alma de los personajes: primeros planos voraces, planos inclinados, picados y contrapicados.  “Uso el plano inclinado explicó con una finalidad puramente dramática algunas veces y otras, simplemente para enriquecer la composición, para mejorar la disposición de los elementos en la toma. ¿Claroscuros, penumbras, fuera de foco, juegos especulares, sombras que se proyectan sobre las paredes: no había recurso al que no echara mano con tal de conseguir el clima que le exigían las historias que quería contar. Las locaciones y los decorados en sus films no son sólo un espacio son un personaje más. En La casa del ángel, filmada en una casona del barrio porteño de Belgrano, que le debe su nombre a una escultura ubicada en la terraza del primer piso, apostó al barroquismo formal y a las cuidadísimas composiciones en los encuadres.

Luego de sus películas épico-históricas  Martín Fierro, El santo de la espada, Güemes, la tierra en armas, Torre Nilsson regresó a las fuentes literarias y con Los siete locos, concretó el deseo que venía alimentado desde que tenía veinte años: llevar al cine la obra de Roberto Arlt considerado el Dostoievsky de Latinoamérica “Creo que Arlt es el que más se aproxima a mí mismo se sinceró, Cuando filmo las cosas de Beatriz o hasta lo de Bioy Casares estoy trascendiendo a un mundo que no es estrictamente el mío. Estoy más consustanciado con Roberto Arlt”.

Bapsy conoció las delicias de la riqueza: autos imponentes, el mejor champagne, restaurantes caros, un bolsillo generoso para ayudar a sus amigos. Pero su billetera fue una montaña rusa: jugador empedernido, estaba siempre pronto para ofrendar su reino a las patas de un caballo o a un bola en la ruleta. A menudo, el azar lo dejaba como un rey sin corona.

La relación entre ambos, también fue parte de la paradoja: Inseparables, Babsy la amó como a ninguna; y le fue infiel con casi todas. Transcurrían los días de la última y más sangrienta dictadura militar argentina cuando el 8 de Septiembre de 1978, Torre Nilsson muere víctima de un cáncer al que le presentó batalla mientras tuvo fuerzas. Ella vivió hasta la muerte de él; después, se dedicó a sobrevivir durante diez años.

Leopoldo Torre Nilsson, el caballero de las contradicciones fue monolítico en una única cuestión: la pelea contra toda forma de censura.

En su edición del 24 de septiembre de 1978, la revista Convicción publicó un texto póstumo en el que Bapsy se plantaba una vez más, otra de tantas en defensa de la libertad y en contra de las prohibiciones. Esto decía:

“Desde hace muchos años, yo vengo haciendo cosas importantes para el cine argentino, conquistándole una posición en el mundo con premios internacionales. He recibido recompensas en Cannes, Río de Janeiro, Venecia, Berlín […]. Todas esas actuaciones creo que le han servido al país al mismo tiempo que me han servido a mí mismo. Y le han servido porque han ubicado al cine argentino dentro del panorama de la cultura mundial.

Podría trabajar fuera del país y no quiero hacerlo porque quiero trabajar en mi país. Y necesito libertad. Sin libertad no se puede hacer cine.

–Adriana Schettini

Adriana Schettini nació en Buenos Aires. Es periodista y escribe para el diario Clarín y la revista Noticias y es columnista de radio. Trabajó en los matutinos La Nación y Página /12.

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2011 LA Film Festival - June 16-26, 2011

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